La propagación de la desinformación cotidiana no puede comprenderse sin considerar los factores emocionales y cognitivos que influyen en el comportamiento humano. Las personas tienden a procesar la información de manera rápida, especialmente en entornos digitales saturados de estímulos, lo que limita el análisis profundo y favorece decisiones automáticas.
Uno de los mecanismos más relevantes es el sesgo de confirmación, mediante el cual se aceptan con mayor facilidad aquellos contenidos que coinciden con creencias previas. Este fenómeno reduce la disposición a contrastar información y fortalece la permanencia de ideas erróneas. A ello se suma la influencia de las emociones intensas: mensajes que generan miedo, indignación o sorpresa suelen compartirse con mayor rapidez, incluso sin verificación previa.
La sobrecarga informativa también desempeña un papel importante. La exposición constante a grandes volúmenes de contenido disminuye la capacidad de atención y fomenta la aceptación superficial de la información. En este contexto, la desinformación cotidiana se normaliza y se integra al consumo diario.
Comprender estos factores permite desarrollar una postura más consciente frente a la información y reconocer que el pensamiento crítico requiere tiempo, disposición y práctica constante.
Referencias
Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.