El acceso equitativo a la tecnología constituye el primer nivel de la inclusión digital, pero también uno de los más complejos. Tradicionalmente, este acceso se ha entendido como la disponibilidad de dispositivos y conexión a internet; sin embargo, en la actualidad se reconoce que el acceso real implica condiciones adecuadas, sostenidas y funcionales que permitan una participación digital efectiva.
Las desigualdades de acceso se manifiestan en múltiples dimensiones. Por un lado, existen brechas geográficas entre zonas urbanas y rurales, donde la infraestructura tecnológica suele ser limitada o inestable. Por otro, persisten brechas económicas que afectan la posibilidad de adquirir dispositivos actualizados o de mantener planes de conectividad de calidad. A esto se suma la obsolescencia tecnológica, que excluye a quienes dependen de equipos antiguos o software no compatible con plataformas actuales.
En el contexto educativo, el acceso equitativo se traduce en la posibilidad de interactuar en plataformas virtuales, acceder a bibliotecas digitales, participar en actividades asincrónicas y desarrollar competencias digitales sin desventajas estructurales. Cuando el acceso es limitado o deficiente, se compromete la continuidad del aprendizaje, la motivación y el sentido de pertenencia del estudiante.
Desde una perspectiva social, garantizar el acceso equitativo es un acto de justicia digital. La tecnología no debe convertirse en un privilegio, sino en un recurso común que habilite oportunidades, reduzca desigualdades y fortalezca la cohesión social. Lograrlo requiere inversión pública, alianzas comunitarias y una visión ética del desarrollo tecnológico.
Referencias (APA):
International Telecommunication Union. (2022). Measuring digital development: Facts and figures. ITU.
UNESCO. (2021). Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación. UNESCO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario